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De zorros y otras exploraciones

“Guardián del Desierto: Esculturas y Dibujos”, es la individual que inaugura este miércoles 23, en la Galería Fórum, de Miraflores la escultora María Gracia de Losada, una de las más interesantes creadoras de su generación.

Los troncos traídos de una vieja casa hacienda pueblan su taller como un bosque dormido. María Gracia de Losada (Londres, 1962) empuña la motosierra y con brutal delicadeza los transforma en su propia biogeografía. Cada pieza es un relato de sus recorridos, de sus desplazamientos, de sus encuentros y recuerdos, desde una singular lectura del entorno, del arte y de sí misma.

Define su creación como “el final de un proceso visual” en el que ha “mirado tantas cosas en un determinado periodo” que necesita volcarlo en dibujos, en bocetos innumerables -del todo y de cada parte-, bocetos precedentes al volumen. Sus obras son ideas antes que formas, un modo de sentir antes que tallas de madera, una ética en función de un ideal creativo en el que la artista encuentra su mayor placer en el hacer.

Zorros, chacales, conejillos o perros, flores, repentinos colores son la excusa para  concentrarse en un modo de producir que ha sabido convertir en el objeto mismo de sus investigaciones sobre el arte, exploraciones que van más allá de la experiencia visual. “Dicen que mi trabajo se asocia con una obra gestual y fuerte. A lo largo de los años mis intereses han recorrido muchos asuntos tanto en el área de las ideas como en el aspecto formal de la escultura”, comenta. Quizá allí esté la clave de lo que la estimula y preocupa: la coherencia de los códigos estéticos que identifican su propia originalidad dentro de una tradición artística cuyas fronteras extiende hasta romper sin desconocerlas. Admirables son su dominio de la técnica y del material cuanto su minuciosidad obsesiva por alcanzar la perfección, el equilibrio y la armonía.

El conocimiento y respeto por la cultura precolombina y el arte popular son visibles: “el arte popular andino es un mundo muy rico y sólido a nivel artístico”. De los artesanos aprendió la paciencia para crear pequeñas formas, para pulir hasta dejar las hoscas superficies más suaves que la piel, a burilar las figuras para crear la exterioridad expresiva propia y única de la escultura, a esmaltar y ensamblar.

Nuestro arte popular –explica- es un referente importante en mi trabajo. La hojalatería ayacuchana ha sido conscientemente tomada para muchas piezas”. Allí la razón de las aplicaciones de flores y elementos coloridos suspendidos en superficies más grandes y distintas, como en su “Conejillo hojalata” o sus “tablas” que retoman las técnicas, la volumetría y las proporciones del arte hojalatero de Ayacucho.

Desde sus primeros trabajos a finales de los años 80, apostó por lo lúdico, por ensamblar, armar, por el acercamiento a los códigos de la cultura popular, a los mecanismos de movimiento del juguete artesanal, a los colores intensos que inundaron la capital con el arribo de millares de migrantes andinos.

Notoria influencia ha ejercido en su imaginario los dibujos animados televisados que acompañaron su infancia: “esos zorros y coyotes de Hanna-Barbera que pasaban directamente de los ojos a la sangre”. De Losada hace parir a la madera creaturas que invitan al descubrimiento de la malicia, la ironía, el humor, la mansedumbre o la ferocidad de lo que ya cobró vida propia: “si alguien dice quién es ese perro. En el caso ideal es un bicho con alma, que conecte, con el cual  muchos conecten”.

En el bosque dormido de su taller canaliza la dureza de la madera para devolverle su espíritu de árbol, de guardián y guarida de criaturas, como sus propias criaturas poblados por otras: zorros pequeños y colorados en fila india como hormigas sobre la cola ¿rama? de un zorro mayor.

“Modelar con la motosierra, dejar esas maderas trabajadas con una espada de dientes filosos y aplicar luego colores esmaltados o tomar en oposición una madera como el huarango contiene una riqueza cromática, una luz interior tornasolada e intensa tal vez alimentada de ese crecimiento lentísimo en un desierto cerca del mar como es el nuestro”, dice quien ha trabajado el metal, la piedra y hace ya unos años quedó fascinada con las espléndidas maderas nativas que disciplinadamente trabaja, desde el amanecer.

En esta muestra se pueden apreciar, además, una serie de extraordinarios dibujos a pluma sobre papel de algodón de seres antropomorfos, hombres atrapados en cuerpos caninos o perros a punto de transmutar en hombres o quizá en mujeres, agresivamente tiernos, sutilmente amenazantes, delicadamente brutales.

Una muestra imprescindible de quien se ha asumido como una artista comprometida con su propia e insobornable sensibilidad estética.

Martha Meier Miro Quesada

Dominical El Comercio – Junio 2010

DE HUARANGO Y CACHIMBO

El orden, la placidez casi bucólica que se respiran en el taller de María Gracia de Losada, techado una parte y la otra al aire libre, contrastan con la incandescente tenacidad de la que suele revestirse la escultora para buscar el detalle exacto en dos tipos de maderas peruanas cuya característica esencial es la dureza.

María Gracia ama la dureza de la madera, no de la piedra.

En el taller, seres antropomorfos, como zorros, como perros, o mamíferos como humanos, hacen fila para el lente de Mariana Bazo. Es ahí donde vuelvo a ver, después de algunos años, el trabajo de María Gracia. Puedo tocar el nuevo rumbo de sus obsesiones.

Anda buscando el alma de su hombre perro zorro.

Para que llegue y se instale en sus creaciones – una y varias, como corresponde – llama al color y le pide que sea como la palabra, y a la suave textura del acabado, casi como la piel. También trae a las flores.

¿María Gracia de Losada, la escultora guerrera, trabaja con flores?

Se ríe y dice que se le han colado. Porque las flores, así como las tablas que fungen de soporte para sus seres (o para las mismas flores) pueden asociarse a la estética Sofía Mulanovich, flor de surfistas. María Gracia no es surfista, pero por esas cosas de la vida, el surfing le es, en cierto modo, familiar. (Cosas de la vida, pienso, mientras escribo estas líneas mirando una buena crecida mancoreña, atrapada en un corsé terapéutico).

Los zorros, las tablas y las flores llaman a la vida. Por eso, si se les mira bien, algo pasa. Algo se mueve. Algo se nos mueve.

Pero ¿de dónde viene esa fascinación de María Gracia por los zorros, o su audacia para transitar de unas piezas calificadas antaño como fuertes, a las flores? Prefiero citar las palabras que ella me escribe:

“Mi trabajo se asocia a una obra gestual y ‘fuerte’, pero a lo largo de los años mis intereses han recorrido muchos temas tanto en el área de las ideas como en el aspecto formal de la escultura. En el área de las ideas apliqué desde el comienzo de mi actividad todo lo que he absorbí visualmente desde niña: los zorros de los dibujos animados de Hannah Barbera; los textiles Paracas y, en general, el arte de nuestras culturas precolombinas que, en muchos de sus ejemplos, tienen este mecanismo de la repetición del patrón. Luego, los yesos estridentes de los mercados llamaron poderosamente mi atención al punto de hacer la tesis de bachillerato con una investigación visual por demás alucinógena junto a Rocío Rodrigo. Los juguetes populares con sus artilugios de movimiento fueron interpretados en la exposición del año ‘99 y las boyas de los langostineros de Nueva Inglaterra, con sus formas y colores, fueron el punto de partida de muchas esculturas de la muestra del 2005.

De nuestro arte popular “culto”, como la hojalatería ayacuchana. me he inspirado para muchas piezas de esta exposición: las aplicaciones de flores y otros elementos “suspendidos” en superficies más grandes y distintas. Pero definitivamente hay imágenes que abordan, de modo no consciente, el tema del surfing. Están el aroma de Hawái, y las imágenes plácidas de un mundo ideal.

Un mundo ideal, como el de los bosques norteños de algarrobo y huarango.

En el taller, María Gracia me muestra varios troncos. “ No vienen del bosque, son de una antigua casa hacienda”. Hablamos de su trabajo de escultora leñadora. Hay que modelar con motosierra, primero, y aplicar luego colores esmaltados, “o tomar en oposición una madera como el huarango que además de ser extremadamente dura contiene una riqueza cromática, una luz interior tornasolada intensa alimentada tal vez por ese crecimiento lentísimo en un desierto cerca del mar como el nuestro. Y luego, llevarla a su nota más alta”.

Cuando la escultora toca la nota más alta, la madera habla.
Así es.

Sobre los extraordinarios dibujos que pueden verse también en la muestra de galería Fórum, (en una nota de huarangos, flores y motosierras), prefiero que sean las palabras de la misma escultora las que queden, inquietantes, en el aire:

“Los dibujos se han vuelto un vicio, un placer. Puedo quedarme horas agitando la plumilla suavecito, es un placer físico, mental, sensorial… Han aparecido estos calatos porque estuve días de días sin fuerzas para la escultura. En estos periodos, un mundo microscópico y letal se apodera de mí. Y es que la escultura es asquerosamente exigente, tienes que estar física y anímicamente impecable para avanzar. Mi amiga María Luisa Swayne me regaló estos papeles de algodón franceses -ella vive allá- que tienen un poder mágico de absorción. La tinta, entonces, se va integrando solita y elegante; tardo días y días en hacerlos, y allí están, tiernos, agresivos, terribles… sin corsé”.

Doris Bayly Letts

Las Olas, Máncora, mayo del 2010