Moico Yaker

Arequipa, 1949

“Durante los 35 años que he pasado dedicándome a la pintura, mis principales intereses han sido, y continúan siendo, la coherencia del vínculo existente entre la naturaleza de la superficie física de una obra y la elocuencia del concepto que confiere la imagen creada. La superficie física de una obra establece el código básico para su lectura, la naturaleza de las pinceladas es el móvil o herramienta que organiza y estructura el viaje de la mirada del observador.”

A Moico Yaker se le ha llamado “neobarroco” peruano. En sus pinturas, de fuerte carga simbólica, conviven la destreza técnica, los referentes culturales, históricos y filosóficos en una mezcla de ilusionismo, luz, color y movimiento, que actúa directamente sobre los sentimientos del espectador. El efecto más importante que tiene es ampliar su visión sin afectar su base fundamentalmente realista.

En cada uno de sus cuadros hay fantasía y verdad, percepción y ficción, y en cualquier caso una nueva sensación. La figura humana es el centro de su trabajo, pero se interesa en la totalidad del cuadro. El color y la pintura están igualmente tratados en toda la superficie de la tela, desde el personaje central hasta el último detalle del mismo. El humor está presente, no solo para mostrar aspectos divertidos de las escenas sino como un medio para reconstruir una realidad.

Yaker trabaja el óleo con la maestría del joyero; utiliza las diferentes técnicas para volar en ellas, la tela es su primer soporte; pero ha trabajado en colchas de mercado, compartido técnicas y experiencias con los productores de cerámica Chulucana para producir una serie memorable de platos con esa técnica ancestral, siendo el metal el eje de sus últimas investigaciones. Empezó colocando pan de oro en la tela como en la pintura cusqueña; luego repujó la plata e intervino el fierro galvanizado. Hoy dibuja sobre placas de bronce.

Tuvo siempre que pintar para comprender, revisitar la historia para proponer nuevas respuestas. Tras pasar por arquitectura, filosofía, historia, religión, se vale del arte para retratar la historia que para él es “el absurdo inventado”. La historia colectiva sirve –según él- para hablar de uno. Las batallas son “la batalla” de cada uno. Basta mirar el conjunto de la obra que Moico Yaker ha creado a través del tiempo para comprender que su obra es conceptualmente autorreflexiva y autobiográfica. A través del pincel, Yaker remodela el país en su pintura. El ejerce su derecho a comentar sobre las bases fundacionales del Perú. Cuestiona la naturaleza humana a través de imágenes de héroes populares.

Yaker es el narrador de enfrentamientos y guerras, de sucesos políticos y mitos religiosos, de capítulos de nuestra historia prehispánica, colonial, republicana y universal. Hizo hablar a los cardenales, a los soldados, a los héroes, a la bandera, y a los uniformes militares, a la naturaleza, a los árboles y mariposas, a las parihuanas, a los burros y a los enseres cotidianos. La pintura histórica, republicana y virreinal, fue a menudo un comentario referente al poder, ese asunto que, en el desarrollo de su obra, se convirtió en el eje de una narrativa que continúa intentando modificar de un modo irónico.

En su última muestra individual, Palimpsesto (Fórum 2017) el artista logra fusionar el rococó con la abstracción geométrica como algo intuitivo. Ahí da cuenta de cómo los discursos estéticos perdieron hoy toda su carga ideológica. O cómo, en palabras del artista, las instituciones (la silla barroca del poder), absorbe al arte y lo convierte en su esclavo, usándolo para sus fines. “Así, hasta lo más revolucionario se convierte en un adorno. En el fondo, esa es mi capitulación. Todo discurso socio filosófico se convierte, sencillamente, en decoración”, afirma.

Moico Yaker nació en Arequipa, Perú in 1949. Estudió Arquitectura en la University of Miami (EEUU), También estudió literatura, filosofía e historia en la Universidad Hebrea de Jerusalem, Israel. Asistió a la Escuela de Dibujo y Pintura Byam Shaw, Londres, Inglaterra y a la Ecole Nationale Superieure des Beaux-Arts, París, Francia.

En 1982 vuelve a Perú con treinta y tres años de edad y un largo y accidentado periplo por Estados Unidos, Europa, Israel y Venezuela. Empieza entonces a definirse como «una curiosa mezcla», un artífice «sudamericano-oriental-arequipeño y judío», en busca siempre de «ese enganche astral entre los Andes y Jerusalén».

Cuenta en su haber numerosas exposiciones individuales y colectivas, tanto en el Perú como en México, Brasil, Argentina, USA. Ha participado en las bienales de La Habana, Cuenca, Lima, Panamá, Sao Paulo y Venecia.

Moico Yaker vive y trabaja en Lima