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Gajos de tiempo en el espacio

En un minúsculo puesto del mercado de Barranco, y tras los excepcionales colores y sabores de un tiradito apaltado, Benaim confiesa, sin rastros de duda entre cejas, que su interés ulterior es el universo, y que hacia allá va. Pregunto cómo, y me habla, primero, de una bitácora, que más bien era una vita-cora.

Vitácora con “v” de vámonos, de vida, de viaje y de viento, que sugiere que el tiempo y el espacio se unen solo en el instante. En esta bitácora, fósiles de metal dejan testimonio de las esquinas de las ciudades. El mar, el cielo, la acera y la pared se unen en el engranaje que en realidad son y que no siempre reconocemos. El faro espera al avión, la grúa a un barco y el tiempo siempre lo abriga todo. Vitácora marcó el inicio de un camino, abrió una senda, exploró y propuso un testimonio de lo vivido en su proceso constante. Esta muestra tuvo lugar el año 2004, en la Galería Forum.

Con el tiempo, en 2007, y en la misma sala de exposición, se abrió espacio, un Tránsito que trajo un discurso mucho más osado, marcado por un trazo lúcido y claro de la progresión que tiene el hilo invisible y conductor del artista. Aquí, el movimiento cobra fuerza en las olas y un mundo nos mira desde el otro lado de la ventana. No rige el destino, solo importan el recorrido y la búsqueda; la llegada no es la meta.

Ahora Benaim propone Volver al presente y convierte la luz en el vehículo primario de la percepción; el universo, lo sobrenatural, la infinitud y la esencia misma susurran que es su turno. Se abre paso un túnel en el tiempo que conlleva un entusiasmo melancólico que lo endulza todo. Habla una mirada que no pertenece a ninguna parte. Los espacios son iguales a donde vayas y se juntan para decirlo. El tiempo viaja en círculos y deja estelas a su paso que en espiral se tocan, se repiten y confunden. Lo más simple, lo primario, el color puro y la geometría se entrelazan y hablan sobre cómo es su inserción en el caos ordenado del universo que somos todos, juntos en una unidad dispersa y heterogénea, pero armónica y constante.

Cuatro series componen la muestra: en la primera, Diálogos, montañas rusas de todas partes y ninguna, y colores primarios juegan en espacios imposibles y a la vez comunes. Se abre un diálogo en la geometría del continuo carrusel, de esos caminos que, en el aire, bailan con las sombras y la naturaleza bajo el color más puro. El fin es recordar que el instante es lo único que conocemos realmente y que la memoria no es otra cosa que un pasaje lúdico en el tiempo intangible. La segunda serie se llama Estudio de una luz acompañado de la luna, pues al tiempo que Benaim fotografiaba desde el aire a las nubes en su juego, de pronto llegó una luz incomprensible que comenzó a estudiarlo a él, para explicarle algunos detalles sobre el platonicismo que siempre será inherente al deseo. La tercera serie, el Túnel del tiempo, es un recuerdo de infancia, una proyección al futuro desde el pasado, que lo envuelve todo de colores y de posibilidades, de aperturas y proyecciones. La cuarta y última serie juega con lo urbano y lo natural, es Planta alta, donde la naturaleza recuerda que le pertenecemos, y que el árbol, en su jerarquía, dentro de ese orden tácito que tienen los elementos que componen la existencia, rige todo aquello que damos por sentado. Somos de un orden abierto y flexible, pero éste solo se manifiesta cuando la percepción se hace generosa, cuando nuestro contacto con el engranaje universal atina la mácula y así la razón.

Rebeca Blackwell
Escritora