GALERÍA FORUM
DESDE 1974
AV. LARCO 1150 SÓTANO
MIRAFLORES LIMA PERÚ
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Qué intuiciones determinan que un artista joven elija un tema, una forma o un elemento específico entre una infinidad de posibilidades para elaborar paulatinamente una obra personal?  Y cuántos de estos artistas, tras una década de ejercicio constante, confirman que aquella elección fue acertada en tanto la poética generada desde entonces se mantiene activa y vigente?
Melissa Larrañaga (Lima, 1976) eligió las flores y los árboles para erigir un lenguaje pictórico asumiendo el reto de singularizar este “género” de la plástica hasta convertirlo en su sello personal.  Y lo ha conseguido no sólo por el notorio conocimiento del tema y la solvencia técnica que ella despliega en representarlo sino porque este refinamiento ha ido de la mano con una evolución conceptual que la ha llevado a adoptar sucesivas y diversas significaciones: ya sea como bitácora de reflexión sobre lo real, como reducto gozoso de lo natural, como metáfora del inconsciente femenino o como velado autorretrato orgánico/simbólico.
En la serie que ahora nos convoca, los árboles constituyen entidades cuya morfología manifiesta una carga emocional específica transferida por la artista: una interioridad transida por la irrupción de la muerte.
Así como el nacimiento de su primogénito determinó un hito en su vida y en su trabajo de artista al sentirse “florecida” como sus propias representaciones, tal como se pudo aprecia en la individual del 2008, la pérdida de su padre es la experiencia que la impele a producir, catárticamente, toda la serie de sus cuadros últimos.  Nacimiento y desaparición se relevan así en un proceso creativo que halla  en la pintura de Naturaleza un ámbito de expresión.  Y en la perplejidad ante la radical alteración de sus roles maternales y filiales la que confiere el “tono” singular con que ha resuelto esta vez su vergel introspectivo.
Melissa Larrañaga al interpelar a la naturaleza reinterpretándola en el plano en un intento de comprender su lógica ha creado un jardín en el que aprehendió que los senderos de la vida se bifurcan
Manuel Munive Maco