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La vida cotidiana tiene un cierto ritmo que llena tanto como vacía nuestros días con su rutina. De hecho, un ritmo se configura en el relay entre lo “lleno” y lo “vacío”; secuencia de presencias y ausencias mutuamente co-dependientes. Remarcando que la ausencia tiene tanta presencia como aquello que llamamos “presencia”, Carolina Bazo entrecomilla ambos términos en su nueva obra, sugiriendo que estos polos, más que intercambiables, son fluctuantes. Y, quizás, simultáneamente lo uno y lo otro.

La unidad fundamental que emplea la artista es la correlación entre figura y fondo, cuyas posibilidades simbólicas y estéticas explora en sus imágenes. Estas imágenes individuales son hilvanadas en la pieza La colcha, incrementando las posibilidades de la unidad, en un conjunto en el que se entretejen narrativas no-discursivas. Pero esta tensión silueta/fondo no sólo concierne a las pinturas, pues también atraviesa las piezas en resina (cuyo imaginario tiende a lo icónico).

Dicha tensión es enfatizada por los patrones de diseño que emplea Bazo, que rigen a ciertas piezas individualmente, como es el caso de sus “Caleidoscopios”—aquellas piezas circulares de resina que organizan sus grupos de personajes en plantillas de simetría radial—. Pero también ordenan grandes grupos de piezas, como ocurre con las 46 circunferencias de resina que conforman la serie “Rutilante”, cuyos personajes individuales invitan a una exploración de sus semejanzas y diferencias en tanto elementos del conjunto. En ambas instancias, la estructura compositiva es un patrón de repetición visual que evoca la rutina como patrón de repetición vital. En ese sentido, las piezas de resina no sólo exploran la correlación ambivalente entre fondo y figura, sino que igualmente tocan los contornos del espacio y del tiempo (vividos). 

Si los fondos monocromos—opacos o translúcidos—enfatizan la figura-como-silueta (una percepción circunscrita a la bi-dimensionalidad), en tanto volúmenes transparentes de resina, estos fondos se yerguen como una materialización del espacio vacío: una forma tangible en sí misma. La cosificación de ese “espacio vacío” lo anula como tal y, sin embargo, preserva de cierta forma su ilusión: su “coloreada transparencia” permite percibirlo como “espacio circundante” de una imagen-silueta y/o de un objeto. A la par, el espacio vacío propiamente dicho resulta desplazado, circundando el “espacio solidificado” de la resina, remarcando la ubicuidad homogeneizadora del espacio. A fin de cuentas, todo y todos estamos “atrapados” dentro de éste.  

La idea del tiempo como flujo recorre las piezas en las que la artista ha capturado, cual ámbar, diversos objetos de uso cotidiano, como si de fósiles de la vida diaria se tratase. En la serie de retratos (“Equilibrio”), que recuerdan iconos religiosos, Bazo compone un tipo de relación entre personajes y objetos cuasi-mística. Dichos objetos (producidos en serie) se revelan como fetiches de la cotidianidad que acumulamos en nuestras casas y con los que ocupamos nuestras vidas, al punto de casi saturarlas. Su colorido mismo apela visiblemente a la saturación, al igual que la reiteración de los objetos e incluso de las imágenes: ¿acaso se trata de la saturación de la misma artista, cuyos personajes tienen también de autorretrato?

Aquí el tiempo se ha paralizado y extendido: los objetos parecen preservados en “animación suspendida”. Y su acumulación—que constituye un peculiar archivo—insinúa en sí misma el paso del tiempo. Pero, también, al verse “flotando” sin jamás llegar a caer, evocan un instante congelado. Ese instante no es ajeno al still cinematográfico, como lo sugieren los cortes del “tríptico” El cuerpo se divide en tres partes (título que parece invocar las letanías “cabeza, tronco y extremidades” y “cuerpo, mente y alma”).

Estos personajes con los ojos cerrados—¿dormidos?—flotan doblemente: sumergidos en la resina y en el (sub)mundo onírico. Están fuera de las rutinas cotidianas pero aluden al mundo práctico encarnado en los objetos (¿sueñan con éste?). Y, a la par, apuntan a las rutinas biológicas, como dormir. ¿Qué cielo esperan que no llega? Los personajes de Bazo, dormidos y encapsulados, están en una suerte de limbo: ocupados y sin ocupaciones, saturados y vacíos, libres y atrapados.

La artista sugiere en la muestra que ese equilibrio entre las fuerzas contrapuestas que llenan y vacían la existencia es afectivo antes que material. Por un lado, está la seriedad de su orden compositivo, de su seriación y de sus alusiones a la rutina en tanto patrón de repetición trazado en nuestras vidas. Por otro, ésta el carácter lúdico de sus imágenes, las evocaciones infantiles que sus objetos circulan y el rango sensual que su color y sus formas emplazan.  

En otras palabras, lo que Bazo aborda es la ambivalencia emocional con la que nos situamos en el mundo y desde cuya perspectiva determinamos su significado. Lo lleno y lo vacío son, en sí mismas, categorías determinadas afectivamente: un silencio puede ser una respuesta plena así como un discurso puede equivaler afectivamente al silencio para alguien que espera una verdad. En el fondo, Carolina Bazo alegoriza con su muestra esta suerte de abismo en el que flotamos irremediablemente, como quien duerme, como quien juega, como quien vive.

Max Hernández Calvo, febrero 2011