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Reflejos Urbanos

El fotógrafo y el pintor comparten la misma inquietud: Lima. Uno la retrata de noche, vacía y silenciosa; el otro pinta la vida diurna, con su bullicio y desorden. Las imágenes resultantes, fotografiadas y pintadas, podrían ser el mismo lugar en distintos momentos del día, cada una reflejando la ausencia y presencia de sus habitantes.

Santiago Bustamante es un cazador nocturno de escenas robadas a una ciudad dormida. Rescata paisajes latentes, invisibles a primera vista del peatón urbano. Recorre los rincones desolados de lo que llama la «Lima periférica», una incursión en el corazón de la noche que permite el encuentro entre dos soledades: el artista y la ciudad.

Tras una técnica mixta analógica/digital, el resultado produce imágenes poéticas de una inquietante belleza donde la luz del alumbrado público se convierte en estrellas, y las fachadas de día grises y eclipsadas por el constante ajetreo adquieren colores intensos y brillantes, matices que nos recuerdan a una paleta expresionista.

En los tiempos de la democratización y banalización de la fotografía (todos somos fotógrafos), es el encuadre y el tratamiento personal lo que hace que las imágenes del fotógrafo-artista sean únicas e inimitables. El encuadre es el ojo del artista, y detrás del ojo están la imaginación, la experiencia y el asombro.

La propuesta de Quijano podría definirse como «costumbrismo contemporáneo urbano». La serie se concentra en la vida que palpita alrededor de las carretillas de comida callejera. Las carretillas son lugares de encuentro, oasis de comunicación que buscan rescatar los escombros de una vida de barrio cada vez más amenazada por el ordenamiento progresivo de la vía pública.

El carretillero, símbolo de precariedad económica y social, refleja los contrastes de la ciudad. Pero los cuadros de Quijano no recurren al lamento y a la melancolía, sino a la reafirmación enérgica de la presencia del barrio que sobrevive en las calles limeñas; vitalidad que se resiste a ser desplazada por la política de la formalización del comercio y la proliferación de los hábitos consumistas propios del mall posmoderno.

Los colores planos, la perspectiva por superposición y el uso de diagonales en la composición recogen esa estridencia y amontonamiento típicos de la capital peruana. Pero en medio de la vorágine los personajes hacen una pausa y se comunican, hablan, recuperan el contacto humano más primario.

Los paisajes urbanos de Bustamante y las escenas cotidianas de Quijano muestran la ciudad desde la distancia y la proximidad, desde la contemplación sosegada y la complicidad activa. Dos propuestas que dialogan, se complementan, y generan nuevas reflexiones entre la ciudad y sus habitantes.

George Clarke