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UNA INDAGACION EN LA PENUMBRA

Los cuadros de Fernando de Szyszlo son el registro de un combate desde las sombras. En sus penumbras amenazantes, en los espléndidos fogonazos de color, en esa dialéctica suntuosa entre las más diversas formas, hay una semántica de la seducción, un hilo conductor, que apunta siempre, creo, a un mismo tema de fondo: la naturaleza implacable del tiempo y el poder de los sueños, en especial de los sueños del amor.

Indagando en la penumbra, iluminados por sus pesadillas, sus cuadros ilustran un drama esencial, el del erotismo frente a la muerte. En sus superficies rojas y oscuras, hechas de cuchillas y océanos, parece librarse un combate pero al mismo tiempo construirse una simbiosis en la que estos dos grandes temas –el tiempo y el eros-, están imbricados. Hay una extraña armonía entre el esplendor de las formas y el fondo oscuro que los acosa y los resalta. No ofrecen exactamente un diálogo entre la luz y la oscuridad sino algo que me parece mucho más complejo y verdadero: la interrelación de todos los colores y las sombras, de la vida y de la muerte, en una unidad sensual. 

Desde sus primeras obras, y en un proceso en el que su pintura va adquiriendo madurez y misterio, de Szyszlo hace nuevas preguntas que no se resuelven sino que mas bien se profundizan. ¿Cómo podemos enfrentar las amenazas del deterioro, inseparable del tiempo? ¿Qué refugios puede encontrar el ser humano en su propia naturaleza? ¿Qué formas adquiere ese drama, en un cuadro? ¿El arte, el erotismo, el amor, son realidades suficientes? Estas preguntas sostienen sus cuadros. No buscan una respuesta pues son parte de su naturaleza.

La pintura misma, el “encuentro de la materia con lo sagrado”, es un refugio y a la vez un espejo. Los fondos de penumbra y de oscuridad, en la gran tradición de Rembrandt, aparecen de pronto rasgados por formas rojas o amarillas o azules. El mar inmenso y oscuro está puntuado por unos estallidos de color. Las formas de estos estallidos son afiladas pero también circulares. Son lanzas pero también escudos, puntas pero también círculos, azadones pero también semillas. Cortan y acogen, punzan y dispersan, destruyen y crean. Hay en ellos siempre una cualidad desmesurada frente al fondo de sombras. Son formas de erotismo pero en su violencia también hay algo de muerte, contra el peso oscuro, eterno, del tiempo detenido. Quizá esta combinación entre los gritos y silencios pueda definirse con la misma frase con la que D.H Lawrence define a un ser humano: “una columna de sangre dentro de un vacío”.

Su obra es también un homenaje a otros artistas que en un medio tan difícil como el peruano, se concentraron en hacer obras personales y duraderas, en su generación. Es un recuerdo de Javier Sologuren,  Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela, Carlos Germán Belli, Celso Garrido Lecca, Sebastián Salazar Bondy, y todos los de esa gran generación que impusieron a las mediocridades de la vida, una obra que albergara nuestros sueños.

Como ellos, Fernando de Szyszlo nos abrió un camino por el que hemos venido viajando. En esa aventura del erotismo y el tiempo por la que nos conducen sus cuadros, seguiremos con él. No terminaremos de darle las gracias por haberlo acompañado.