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Con fenómenos como la globalización, por irregular que ésta sea, la Americanización, la otra territorialización, la proliferación de redes sociales, económicas, culturales que nos vinculan o atrapan,  la pregunta sobre la identidad nacional suena como el revés de la moneda, como el negativo del positivo.

Y si es cierto que podemos acercarnos al tema de plurales maneras y desde diversas perspectivas, en este caso Gonzalo García Callegari escoge hablar del Perú y examinar esa a veces opaca, borrosa o compleja “identidad” desde  sus mitos y leyendas, desde su historia y sus más contemporáneas celebrities. Una especie de repaso del star system peruano que debería quizás identificarnos o mas bien llevar a cuestionarnos una vez más qué decimos cuando decimos “peruanidad”, qué mitificamos, idealizamos, asumimos, vemos o no vemos.

Es cierto que García Callegari no habla de peruanidad sino de Peruanismos, ¿pero no son estos también  los que nos definen como grupo, como cultura entre culturas, como asunciones, ideas, ideales…asumidos por ciertos grupos respecto de otros?

En su aproximación, Gonzalo escoge un  “popurrí” de héroes e íconos de nuestra historia pasada y presente y llega a  aludir a otras civilizaciones en su interesante e irónica búsqueda y re-construcción de lo local.

Siguiendo con su característica factura plana, gráfica,  a veces casi de cómic y a través de diversas series, García Callegari  parece querer sobre todo  desmitificar y  deconstruir  mitos y leyendas.

Una de ellas es la serie del escudo. El artista altera y sobre todo “pauperiza”, vacía y casi hace desparecer los símbolos y el símbolo dentro del símbolo de la riqueza nacional.  Vandalizado o vaciado, el escudo es el símbolo de un Perú desarticulado y empobrecido.

Devastar al símbolo patrio es el inicio de la desacralización. Su serie de héroes, mártires y Padres de la Patria aparecen estereotipados, desmitificados pero curiosamente también lúdicos, casi mágicos.  Simón Bolívar es una construcción cultural a la que le faltan piezas o éstas no están fijas. El personaje se asemeja a su vez a la pieza de algún juego donde nada, fondo ni figura, es firme.

San Martín aparece  borroso, monócromo y rodeado de  aves rosas que pintan la escena con humor. Ambos íconos son invalidados.

Alfonso Ugarte, otro héroe en una Historia y en un mundo donde el valor de la bandera era más que simbólico como el defender o morir por la patria, aparece montado en un animal imposible, una especie de cebra con colores patrios que lleva a un romántico a un destino que sólo la historia nos dice es heroica y fatal. El personaje no está angustiado y monta un dudoso corcel casi teatralmente. Fantasía y realidad cuestionan la heroicidad del momento.

Uno de los lienzos menos desdibujados y más fuertes de la serie es el de la patria misma cuya metáfora es una calavera que lleva en la nariz una bandera al estilo clown.  Como fondo están esas losetas que recuerdan a los patios republicanos y la enmarcan las imágenes de cuatro héroes o íconos de gloria o poder, Olaya, Grau, Ugarte y Túpac Amaru, todos destinados al fracaso.

En toda lucha por la Independencia está la muerte, la temida, la estigmatizada. No corona sólo a héroes locales sino a muchos de los Libertadores que eran extranjeros.  La terrible u occidentalmente temible calavera  es quizás el signo siniestro, el botín siniestro de estas vidas perdidas. La imagen del heroísmo  -entre comillas- pero sobretodo del fracaso de este, de estos, la calavera, la muerte,  es el signo mismo del fracaso, del absurdo, y quizás del horror.

Pero las pinturas se multiplican, subiendo y bajando la temperatura del discurso. En la excelente  serie en la que se representan civilizaciones antiguas como la griega o la egipcia, el pintor mezcla símbolos e íconos coloniales  como en el del lienzo griego en donde los dioses o semidioses de la antigüedad contrastan con los pudorosos y reprimidos santos y héroes locales.  García Callegari adorna  los íconos ajenos como intentando “peruanizar” la sabia, compleja, exquisita civilización. Algo de  estas civilizaciones admirables quiere hacerlo nuestro, pero la hibridación no se da. Aún en su Monopolio americano entre tanto símbolo nacional  aparece Superman sin perder un ápice su americanidad.

Otros héroes o celebridades  surgen también con la marca del fracaso como en el cuadro de la moderna patria dormida o en el de los jugadores de fútbol. Y cuando habla de triunfos como en el caso de Yma Sumac, no se trata realmente una celebridad “viva” en el país sino sólo parte de un imaginario casi olvidado. Otra sorpresa en esta colección de héroes fracasados  e íconos inexistentes es la imagen del perro peruano, especial y único pero ambiguo respecto de su belleza y su valor.

García Callegari se apropia de lo que querría formara parte de la iconografía local  como los superhéroes , los laureados luchadores del “vale todo”, el humilde y valeroso  Clark Kent y hasta   de extrañas y bellas criaturas de una fauna extranjera como la jirafa o la cebra.

Y cuando la bandeja lujosa y de plata nos trae la vianda sorpresa, aparece uno de los símbolos de la mitología cristiana , de la antigua y también profana, el símbolo del mal , la perdición , el dolor o la destrucción: La serpiente. El Perú es ese manjar mentiroso, ese símbolo fraudulento, el de la corrupción , y no sólo el de la muerte sino el de la expulsión de todo Paraíso.

Esta vez, García Callegari  ridiculiza los símbolos patrios, los religiosos, los de la fe nacional, los esteretipos venerados, deseados, que aparecen irónica o tristemente como la metáfora del Perú como ausencia , pobreza , falsedad, fracaso.

Sus íconos “ marketineros”,  en donde no se incluyen los del Imperio Incaico, los del Ande o  los de  otras culturas , no son más que propaganda mentirosa para vender una ideología llena de valores ficticios, adulterados, fariseos.

Y si la amarga imagen de estos Peruanismos sólo a veces nos trae referentes de una protegida y maravillosa infancia como en el caso de los entrañables soldaditos de plomo, estos también desoyen sus deberes, desarman su característica postura y si uno está de pie, a la orden, infantilmente lleva un globo con la imagen del mapa del Perú. O como el niño que como castigo escolar ha de repetir la frase ”Yo amo a mi país” hasta interiorizarla, la imagen no es más que la de otro despropósito, ya que ilustra un hecho que trae consigo rebeldía, frustración, decepción pero nunca amor o la sensación de pertenencia.

García Callegari parece jugar el juego de los “Santos Inocentes” pero con una vuelta de tuerca más. Como ya sucedía en la conquista y el arte barroco traído por los colonizadores, su aparentemente ingenuo e inocente arte y estilo tienen otro propósito. Pero en este caso, este  no seduce para mentir sino más bien para develar las mentiras.

Ana María Rodrigo Prado, 2012

PHD en Lingûísitca – Madirid

Curadora free lance

Docente de la UPC