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Obra centrada en una práctica pictórica que es desafiantemente personal y que proyecta en el siglo XXI la marca humana de un arte que persigue el rastro corrosivo y desestabilizante de la belleza.  Alberto Grieve es un artista plástico peruano en una senda solitaria, cuyo proceso de creación plasma un singular equilibrio entre la construcción por superposición meditada y la expresión por erupción del gesto espontáneo, no premeditado.

El proceso artístico de Grieve se ha dado, y se sigue dando en el tiempo, en la forma de ciclos de pinturas, caracterizados por diferentes exploraciones del tratamiento de la materia y el color,  Sus hallazgos expresivos han sido múltiples.  En sus inicios, un tramado de trazos gruesos que lo acerca tanto a las obras del grupo francés Support/Surface como a un planteamiento irregular de sugerencia geométrica.  En Nueva York trabaja técnicas mixtas de gran formato, dibujando obsesivamente con un trazo ampliado que se superpone cerradamente para lograr densas superficies, que son, también, declaraciones agresivas del impulso gestual.  Paralelamente una experimentación intensa en la cual el pigmento en polvo se torna el material de trabajo por excelencia, va a generar una pintura de un expresionismo puro que elude definición, si bien se emparenta espiritualmente con el expresionismo abstracto neoyorquino.

En Lima la gestualidad cede ante una pintura que es un arte de perfecto silencio y energía expansiva: superficies de intensa vibración cromática en las que la aplicación de pigmentos puros, en toques pequeños, genera un contraste que se magnifica en espacio, del que nacen visiones sosegadas y, sin embargo, dinámicas, que renuevan la noción de contemplación.  La aparición de una nueva espontaneidad que abarca un azar controlado, a través de manchas y chorreados, y líneas que surcan la tela y están mas allá de cualquier impulso estructurante, se acompaña de un cromatismo encendido.

Todo se encarna en un lenguaje de desborde inquietante, inmerso en especulación psíquica e intensamente enervado por una angustia vital.

Si un cuadro terminado es, por lo general un objeto más que se agrega al mundo, entonces, un cuadro abstracto de Grieve es una presencia real –por sobre su condición de objeto-, cuyo poder proviene de una condensación de experiencia convertida en una visión que aviva y  transforma lo que sabemos del mundo.  A menudo uno cree percibir en cada cuadro suyo una aspiración totalizadora, pero esto cambia cuando uno descubre que es posible ver la propuesta del artista como desarrollo de un arte de la pintura que se afirma en toda su fragmentariedad, presentada y sustentada en el proceso mismo de la creación.

En el reconocimiento de lo fragmentario podría radicar la comprensión del cuadro como hito y testimonio, es decir, una estructura de memoria visual que ha sido conservada del camino recorrido.  Para el artista cada logro no lo exime de volver a cero y empezar un nuevo cuadro con la esperanza de vivir para verse implicado en un nuevo acontecer, abismándose en el tiempo de la pintura.  Aproximarse a la tela y pintar, lejos de ser una acción metafísica, es un acto concreto.  Como si a condición de ser el plano físico en el que van sedimentándose todos los pigmentos, la superficie del lienzo –donde se forma piel de materia pictórica-, empezara a revelar el carácter de su verdadera existencia: un vacío inconmensurable que el artista enfrenta una y otro vez, y parece dominar, pero que le demanda un cuerpo a cuerpo que lo frena y le impone límites.  Producto de esta exigencia y tensión, el espacio pictórico se manifiesta sobre el lienzo, como concreción y también como epifanía.  Alberto Grieve es entre nosotros un artista casi secreto; su obra crece detectada apenas.

Jorge Villacorta Chávez