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Los que hemos nacido en regiones costeras, sin lluvia ni vegetación natural, tenemos sin duda una fascinación con ese paisaje del desierto, con ese misterioso silencio, con esa ausencia de datos visuales que nos sean la ondulante superficie continua de la arena y la línea del horizonte contra un cielo no siempre azul.  Quizás por eso es que la presencia de lo sagrado es tan intensa en esos espacios desolados, abiertos y sin otros límites que los que el horizonte y el mar le confieren.

Comparto con Ricardo Wiesse ese amor al paisaje de la costa cuyo hechizo toda mi vida he intentado atrapar.  he seguido desde sus años de estudiante en la Escuela de Arte dela Universidad Católica, la evolución seria, coherente, profunda de su búsqueda que también ha estado siempre orientada hacia un camino que muchas veces he sentido cercano.

Es evidente que sus cuadros abstractos de los años noventa y de comienzos de este siglo tratan de imágenes suscitadas por una contemplación comprometida, apasionada del desierto costeño.  Si a algo están vinculadas, es al espíritu con que fueron hechos los geoglifos de Nasca, que en Wiesse tienen el mismo lenguaje,  pero esta vez indescifrable, mejor dicho imposible de poner en palabras, al mismo tiempo susceptibles de una lectura que no pasa por la razón sino que va directamente a golpear nuestas cuerdas más sensibles y más ocultas.  En algún momento puede llegar a ser muy gráfico pero jamás es decorativo; son formas habitadas por contenidos que nos hablan en el oscuro y misterioso lenguaje de la pintura.

Esta fascinación por el paisaje de la costa lo ha llevado últimamente a explorar, a describir con el pincel ese mundo y descubrir finalmente que en él todo, arena, casas y gente, parece hecho de la misma arcilla que el Sol reseca sin piedad pero que simultáneamente conserva.  Parece que Ricardo Wiesse consigueatrapar la sequedad, la enceguecedora luz, el ruidoso silencio.