GALERÍA FORUM
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María José estudió hace muchos años, más que la edad de sus hijos que ya están entre los dieciséis y los trece.  María José terminó la carrera, se casó y se fue a vivir a Santiago de Chile, pues de ahí es su esposo.  Cuando estudiante, fue una alumna dedicada y destacada, tarea que también compartió con su amor e inmenso afecto por los equinos, que hasta hoy conserva.

Curiosamente, durante tantos años no olvidó ni dejó de lado la preocupación de seguir construyendo un espacio de expresión artística.  La pintura de María José, desde que yo recuerdo, contaba con elementos expresivos y de alguna manera, figurativos.  Ha pasado mucho tiempo y curiosamente no hizo ninguna muestra de ese largo periodo.  No sabemos si fue decisión propia o un avatar que le tocó vivir.  Pero hoy, la obra que nos presenta es de una persona que, evidentemente, no se ha desligado nunca de la necesidad de expresarse a través de la estética y los elementos plásticos.  Sólo alguien que ha seguido pensando y meditando acerca del espacio, la forma y el color podría llegar a los actuales resultados, una pintura que se presenta totalmente abstracta: las composiciones, un sistema de grandes líneas verticales de anchos diversos que  organizan un espacio casi de forma reiterativa.  Al dividir el espacio, que es grande y generoso, se  producen en la relación espacial ritmos mayores y menores; hasta acá podría pensarse que es la reiteración de una idea.  Entonces, tal como lo vemos en la vegetación, una forma adquiere otra expresión al desempaquetarse o desenvolverse, según sea el caso.  Las grandes líneas verticales empiezan por eso, por efecto del color, a construir una relación espacial nueva,  transforman el espacio en un valor distinto. Ya no son constantes ni permanentes los ritmos horizontales, sino que, por efecto del color, se producen relaciones distintas entre la parte superior e inferior del lienzo.  Entre la derecha y la izquierda, y arriba y abajo.  El especio empieza a transformarse en la vibración de la pulsación sentimental de la autora.  Lo que era una verticalidad constante, no lo es más; el ritmo uniforme empieza desde la rectangularidad, es un comportamiento callado, sin estridencias, y muta suave y sutilmente en la lectura de su superficie.  Ya no priman los valores verticales, sino una sutil perspectiva atmosférica que empieza a manifestarse con insistencia.  Este proceso es, a su vez, acentuado por la subdivisión del ritmo vertical por una espacialidad de masas diferentes: positivos y negativos que, construidos con el color, marcan la ruptura del primer momento y gestan a la superficie que se aleja o se acerca.  Tenemos que añadir el rico uso del óleo, producto de la sensualidad del toque; es una materia leve y consistente en donde el color adquiere su propio carácter.  Son cuadros para verse lentamente, y así se nos podrán manifestar.  Desde el primer golpe de ojo hasta que lo dejamos de ver, el cuadro habrá ido  complejizándose e impondrá, de una manera discreta pero total, una espacialidad que ya no es la  primera verticalidad.  La realidad se transforma, el objeto resulta que tiene vida propia, la  simplicidad esconde un secreto que deberemos desentrañar.  María José tiene un sentido de la estética: el color, que ella sabe escoger con propiedad, tiene sentido de esteticidad  a la vez que de expresión.  Cuando uno conversa con ella nos narra las emociones, las pasiones y los sentimientos que han sido los elementos que ella ha vivido en el proceso de su hacer, curiosamente lo que uno ve es algo hermoso equilibrado y medido, ella ha sido el lugar donde todos estos elementos se han fusionado y manifestado.  El proceso expresionista se mantiene, pero desde un orden y un equilibrio admirables.

ALEJANDRO ALAYZA MUJICA